El relato de hoy, me retrotrae al año 2.000, año en que conocí a Playa del Carmen, pequeño pueblo de pescadores, que para ese entonces ya se perfilaba, aunque todavía tímidamente, como una de las bellezas del caribe mexicano que muy pronto explotaría turísticamente.
La aventura comenzó buscando un lugar tranquilo en donde alojarme para pasar unos pocos días que tenía disponible, y conocer el lado caribeño de México.
Alejada del bullicio, de lo comercial y de la agitada vida nocturna de Cancún, me decidí por buscar hotel en Playa del Carmen, destino que me habían recomendado por lo sereno, pintoresco y por la belleza de sus vírgenes playas.
Es así, que tras arribar al Aeropuerto de Cancún, tomé un ómnibus que me llevaría directo a la terminal de Playa del Carmen.
A esas alturas ya había caído la noche, y la temperatura era la típica que caracteriza al clima tropical, mucha humedad en el ambiente y bastante caluroso.
Al llegar a la terminal, reconozco que por unos instantes dudé en mi elección, y pensé por unos segundos en quedarme a pasar la noche allí y al día siguiente regresarme a Cancún, ya que el aspecto de esa descuidada estación de ómnibus, lejos estaba de ser atractiva a los turistas.
Esa había sido mi primera impresión de Playa del Carmen, y hoy reconozco casi avergonzada, que juzgué apresuradamente a este lugar, sin darme el tiempo suficiente para conocerlo.
Y por suerte, bastaron sólo minutos para convencerme de lo acertada de mi elección y que definitivamente ese era el lugar adecuado para pasar mis vacaciones.

